Estudios de género y lucha anticapacitista, similitudes y diferencias

En el modelo social de la discapacidad se pone en duda que la discapacidad sea una falta o un exceso, una tara o un fallo, y se ve la discapacidad como una interacción entre el cuerpo y el entorno. De esta manera podremos entender la forma en la que se ha discriminado a las personas y como se ha generado la exclusión y la estigmatización.

Thomson divide la discapacidad en tres aspectos que comparte con la teoría feminista, como son, la identidad, la interseccionalidad y la corporalidad (Thomson, 2005).

Identidad: como nosotras como discapacitadas nos definimos como tal y como la sociedad nos define, así como la naturalización de esta identidad. En cuanto a los estudios feministas seria como nosotras como mujeres nos definimos como tal y como la sociedad nos define.

Interseccionalidad: la interseccionalidad es la forma en la que las opresiones que sufre una persona se interrelacionan. Es un tema fundamental en la discapacidad, puesto que según las opresiones que sufras tus posibilidades de acercarte a la normatividad aumentarán o disminuirán. Se entiende como una identidad subjetiva marcada por otras opresiones.

En el caso de los estudios feministas, el genero no es el único factor que define a la mujer, sino que a medida que sufra mas opresiones, la violencia aumentará o disminuirá.

Corporalidad: la corporalidad es la forma en la que entendemos nuestros cuerpos y como estos se comportan con el entorno. En el caso de la discapacidad es un pilar imprescindible, puesto que es por nuestro cuerpo y nuestras variaciones de la norma por el cual sufrimos la violencia que sufrimos. En el caso de los estudios feministas pasa un poco igual, se discrimina por la apariencia fisica.

También se relacionan en temas como la presencia política, el aborto selectivo, la ética del aborto selectivo, la comercialización de la salud, la ética del cuidado, la normalización quirúrgica o en los derechos reproductivos.

La discapacidad, al igual que pasa con el género, se construye a través de la negación del modelo normativo. La discapacidad se crea por la no capacidad normativa y la idea de mujer a través de la negación de los atributos del hombre.

En el caso de la discapacidad, ocurre algo curioso porque pese a surgir de una negación de un cuerpo normativo, no existe una categoría que defina el opuesto a la discapacidad. Siempre estaremos atravesados por la categoría de género, de clase o de raza, pero en el caso de la discapacidad, no ser discapacitado no se entiende como una categoría en sí.

Esta negación de la norma nos lleva a la monstruosidad. Tanto mujeres como personas discapacitadas han sido históricamente consideradas como monstruas. Aristóteles definía monstruosidad como “a que ser que desnaturaliza a su referente biológico al ir en contra de la norma, siendo esta norma el hombre varón.” Foucault lo define como una violación del orden natural, civil y religioso. Por tanto, al hablar de una mujer discapacitada nos encontramos ante una doble monstruosidad, en tanto que el sujeto es considerado monstruoso tanto por su discapacidad como por su género.

La idea de monstruosidad iba más allá de los filósofos y teóricos, también se implanto en el arte. Se proyecta una idea de la discapacidad como un cuerpo monstruoso (sobre todo en el caso de las mujeres.) Se considera los cuerpos como no humanos, maquinas.

Aquí empezamos a ver las primeras distinciones entre las mujeres no discapacitadas y las discapacitadas. Clarke habla de como el cuerpo femenino no discapacitado se muestra como un objeto de deseo y en cambio el cuerpo discapacitado como una fuente de aversión, asociando incluso cuerpos desviados con morales desviadas.

Siguiendo con las diferencias entre las mujeres discapacitadas y no discapacitadas, las mujeres discapacitadas son las no-mujeres, puesto que los estereotipos que se le atribuyen son opuestos a los que se asignan a las mujeres no discapacitadas. Se considera que las mujeres discapacitadas no podemos ser madres, no podemos cuidar, no podemos ser productivas, somos inútiles, asexuadas, no somos deseadas ni deseantes… y sin olvidar la infantilización y la tristeza que genera y que se articula alrededor del concepto de discapacidad. De aquí surge la discriminación patriarcal y capacitista que sufrimos, debido al imaginario cultural que se ha creado.

A mí me ocurre cuando digo que tengo discapacidad, me contestan “ay pues no lo parece”, intentando hacerme un cumplido, seguido de esto va el ¡“ay pobre!” como si la discapacidad supusiese la muerte, o un “y como lo llevas?”, yo que se cómo lo llevo, ¿cómo llevas tu ser moreno?

Detrás de estas frases que parecen inofensivas se encuentra un sistema opresor, que camufla de buena persona a actitudes que reflejan una falsa solidaridad. Al final, lo más duro de la discapacidad no es relacionarte con un entorno que está diseñado para excluirte, puesto que puedes adaptarte a ello, o luchar por su modificación.  sino relacionarte con las personas que piensan que eres inferior a ellos, que creen que eres dependiente y que no luchan por deconstruir su idea de la discapacidad. En cuanto saben que eres discapacitada te empiezan a infantilizar, sacan su fisioterapeuta interno y te preguntan o por tu disca por puro morbo o te recomiendan terapias, que seguramente hayas probado todas, como si no tuvieses ni idea, y, además, queriendo modificar tu cuerpo.

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